5. EL EVANGELIO Y LA VENIDA DEL REINO
- P.F. Obed
- Apr 3, 2020
- 17 min read
Updated: Apr 20, 2020
Cada uno de nosotros deberá posicionarse en éste gran conflicto

Te contaré una parábola para ilustrar el significado de la venida del Reino de Dios a este mundo caído bajo el poder de Satanás.
Había un hábil hombre de negocios, honrado y trabajador, que llegó a una ciudad muy pobre de un país muy pobre, y de la nada levantó una gran empresa con todo el equipamiento necesario para generar sustento y bienestar a todas las familias de la ciudad. Después de formar e instruir a los habitantes de aquella ciudad, delegó en ellos la gestión del negocio, y se volvió a su casa, quedando pendiente de la marcha de la empresa. Un día llegó un forastero a aquella ciudad, que con intrigas y sutiles engaños, consiguió hacerse con el gobierno de la empresa, de modo que casi sin darse cuenta, todos terminaron cautivos de su dominio tiránico. Con el tiempo, se acostumbraron a la esclavitud; aquel hombre perverso les proporcionaba un atractivo sistema de entretenimiento y distracción, y el poderoso cuerpo de capataces que implantó disuadía a cualquiera que pudiera pensar en escapar. Entonces llegaron noticias de esto al fundador y dueño de la empresa, el cual envió un mensajero a la ciudad: '¡el dueño de la empresa ya está de camino, viene a recuperar su empresa!' Un gran revuelo se levantó en toda la ciudad, y por supuesto el embaucador se preparó para oponer una feroz resistencia. Cada habitante de aquella ciudad se vio ante el desafío de decidir de qué lado se iba a poner en este conflicto que se acababa de desatar...
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Es un hecho claramente establecido por la Escritura que en el universo existen dos reinos en guerra el uno contra el otro: el Reino de Dios y el reino de Satanás, y que la Raza humana está involucrada en esa guerra, lo quiera o no.
El Reino de Dios es la esfera donde Dios gobierna, el ámbito donde es reconocida su Autoridad y se hace su Voluntad. En el universo sólo existen dos opciones: o la Autoridad de Dios o la rebelión satánica contra la Autoridad de Dios. “El que no está conmigo, contra mí está”, dijo Jesús (Mateo 12:30). La cuestión decisiva que debe enfrentar todo mortal es escoger si va a sujetarse a la Autoridad de Dios y pertenecer a su Reino, o si va a seguir a Satanás en su rebelión y formar parte del reino de la tinieblas. La guerra espiritual que ruge en el universo gira alrededor de esto, y no hay neutralidad posible: no sujetarse a Dios es lo que hizo y define a Satanás, si escogemos ese camino automáticamente nos alineamos con él.
Pues bien: en medio de esta dramática situación de la Humanidad y de nuestro mundo bajo el dominio de las tinieblas, apareció Jesús de Nazaret por los caminos del Israel del siglo I con un anuncio revolucionario:
"Después que Juan (el Bautista) fue entregado, Jesús vino a Galilea proclamando el evangelio de Dios, y diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio" (Evangelio según Marcos 1:15).
Dicho con otras palabras:
¡¡ Dios viene para someter toda la Tierra a su Gobierno por medio de su Mesías prometido; viene a reinar sobre esta Tierra !!
Los poderes de muerte que ahora gobiernan el planeta: poderes económicos, políticos, ideológicos, religiosos y espirituales van a ser derribados.
¡¡ Cambiad radicalmente vuestra manera de pensar y vivir!! ¡¡ Creed a Dios, reconoced Su Autoridad y sujetaos al Gobierno de Su Cristo !!
Una esperanza de salvación ya había sido dada desde el mismo momento de la Caída: Dios prometió que un descendiente de la mujer (Eva) aplastaría la cabeza de la serpiente (Génesis 3:15); un descendiente de Abraham, de Isaac, y de Jacob/Israel, que se sentaría en el trono David, rey de Israel, el Mesías anunciado por los antiguos profetas de Israel (Isaías 9:6-7).
Estas promesas dadas a Israel las cumplió Dios enviando a su propio Hijo como hombre, en calidad de "Mesías" (en hebreo), "Cristo" (en griego), "Ungido" (en castellano), es decir, el Rey investido del Espíritu de Dios para gobernar en nombre de Dios. Así se le anunció a María, la virgen de Nazaret de la que iba a nacer, y a José, con quien estaba desposada:
"...José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que ha sido engendrado en ella es del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo; y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: 'He aquí, la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarán su nombre Emanuel, que traducido quiere decir: Dios con nosotros'" (Mateo 1:20-23).
"...He aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de su padre David. Reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y de su reino no habrá fin. Entonces María dijo al ángel: —¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón. Respondió el ángel y le dijo: —El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, por lo cual también el santo Ser que nacerá será llamado Hijo de Dios" (Lucas 1:31-35).
Y así lo confirmó Él mismo a sus discípulos:
"Les dijo: —Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondió Simón Pedro y dijo: —¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente! Entonces Jesús respondió y le dijo: -Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos" (Evangelio según Mateo 16:15-17).
Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios engendrado por Dios Padre en la eternidad; ¡es Dios mismo!, que descendió de los cielos, que se hizo un ser humano como nosotros. No fue sólo un buen hombre, ni siquiera un gran hombre: Él es el Dios-hombre, "Dios manifestado en carne". Verdadero Dios y verdadero hombre a la vez. Jesús es el Verbo de Dios, es decir, la Palabra viviente de Dios, que estaba en el seno del Padre y vino para revelárnoslo cabalmente, de primera mano, y revelarnos cuál es su carácter y sus propósitos Jesús nos reveló la verdad acerca de Dios, del Hombre y del Mundo, y es el único camino para acceder a Dios y a su Vida, la Luz que ilumina a todo hombre:
(Ver por ejemplo Evangelio de Juan 1:1-18, y 1ª Carta de Timoteo 3:16.).
"Jesús le dijo: —Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Evangelio de Juan 14:6).
"Yo soy la luz del mundo. El que me sigue nunca andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan 8:12).
Reveló la compasión del Padre hacia nuestra Raza caída, pasó por esta tierra haciendo el bien, sanando y liberando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con Él (Ver 1ª Carta de Juan 3:8 y Hechos de los Apóstoles 10:38.). Él vino "para deshacer las obras del diablo", para atar al "hombre fuerte" (satanás), saquear su reino y recuperar el botín (nosotros):
"Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y le sanó, de manera que el mudo hablaba y veía. Toda la gente estaba atónita y decía: —¿Acaso será éste el Hijo de David? Pero al oírlo, los fariseos dijeron: —Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebul, el príncipe de los demonios. Pero como Jesús conocía sus pensamientos, les dijo: —Todo reino dividido contra sí mismo está arruinado. Y ninguna ciudad o casa dividida contra sí misma permanecerá. Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está dividido. ¿Cómo, pues, permanecerá en pie su reino? (...) Pero si por el Espíritu de Dios yo echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios. Porque, ¿cómo puede alguien entrar en la casa de un hombre fuerte y saquear sus bienes a menos que primero ate al hombre fuerte? Y entonces saqueará su casa. El que no está conmigo, contra mí está; y el que conmigo no recoge, desparrama" (Mateo 12:22-30).
Vivió una vida perfecta conforme a la voluntad de Dios, sin pecar jamás contra Dios, cumpliendo así el Propósito para el que fue creado el Hombre. Él llevó nuestra naturaleza humana a su plena realización.
En la crucifixión de Jesús, Dios llevó a la muerte toda la vieja Creación, y en su resurrección, inauguró una nueva Creación.
Necesitamos detenernos más aquí, porque aquí está el corazón de la hazaña salvífica del Mesías, Jesús.
Recordemos la terrible condición en que ha venido a caer la Humanidad conforme al diagnóstico divino:
La naturaleza pecaminosa
La conducta pecaminosa
Bajo el poder de Satanás y su sistema mundano maligno
Bajo el poder de la Muerte
Destituidos del Propósito de Dios para nosotros
Afectando toda la Creación con nuestro pecado
La solución de Dios: pasarnos por la muerte y ofrecernos un nuevo comienzo. ¿Cómo? Por medio de un "segundo Adán", otro Cabeza de la Humanidad, una segunda oportunidad: Jesús.
Desde el punto de vista de Dios, Adán no es sólo un individuo, él representa a toda la Humanidad, a toda la raza humana. Yo, como mi padre, de algún modo estábamos ya presentes en las entrañas de mi abuelo; si mi abuelo no hubiera existido, o hubiera muerto antes de tiempo, ni mi padre ni yo existiríamos. Del mismo modo, toda la raza humana estaba contenida, incluida, en Adán. Todo ser humano es heredero de Adán, lo que fue y tuvo Adán, es lo que somos y tenemos nosotros.
Como vimos anteriormente, Adán desobedeció a Dios, mordió el anzuelo de la serpiente, y se tragó el veneno del Pecado. Con él cayó toda la Humanidad, y no solo la Humanidad, sino la Creación entera, pues Dios ha unido el destino de toda la Creación al destino de la Humanidad. Adán, pues, es un Hombre corporativo, que representa e incluye la Humanidad caída, la Creación caída.
¡Pero Dios nos levantó otro Adán!, pues el primero "era figura del que había de venir" (Romanos 5:14b); nos levantó otro Hombre corporativo: Jesucristo. Dios le constituyó 'el último Adán', de modo que recapitula en sí mismo toda la vieja Humanidad y la vieja Creación:
"Así también está escrito: El primer hombre, Adán, fue hecho alma viviente. El último Adán, espíritu que da vida. Sin embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los que son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son celestiales. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial. Y esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios; ni lo que se corrompe hereda lo incorruptible” (1Corintios 15:45-50)
Sobre esta base podemos ahora entender mejor el maravilloso EVANGELIO:
Jesús murió por nuestros pecados.
Nuestros pecados nos separan de Dios y nos colocan bajo el justo juicio de Dios.
La vida perfecta de Jesús lo cualificó como "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
Dios instruyó a Moisés acerca de lo que un israelita tenía que hacer cuando buscaba el perdón por su pecado: presentaba al sacerdote un cordero sano, sin defecto ni mancha; el sacerdote le imponía las manos como signo de identificación con la víctima, como cargando sobre ella el pecado, y luego era sacrificado, de modo que el pecado era destruido con el cordero.
Todo aquello era sólo una figura de Cristo y su sacrificio: Jesús es el verdadero "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Él aceptó voluntariamente que Dios su Padre cargara sobre Él todos los pecados de la Humanidad:
"Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero a fin de que nosotros, habiendo muerto para los pecados, vivamos para la justicia" (1ª carta de Pedro 2:24).
En sus últimas tres horas en la cruz, Jesús cargó sobre sí todo el mal del universo, todo el pecado y sus consecuencias. Y atrajo sobre sí todo el castigo, toda la ira divina que nos correspondía a nosotros. Cada uno de tus pecados y de los míos fueron puestos sobre Él. Eso significa esa tremenda afirmación que de no estar en la Escritura nadie se atrevería siquiera a pensar:
"Al que no conoció pecado, Dios le hizo pecado" (2ª Corintios 5:21).
Jesús usó una imagen acerca de esto, que es la del fuego en la granja: la gallina reúne a sus pollos bajo las alas y, cuando el fuego ha arrasado todo a su paso, aparece una gallina muerta, abrasada y calcinada, pero con sus polluelos vivos. (Evangelio de Mateo 23:37) Jesús consintió en ir a la cruz, entre otras cosas, para tomar sobre sí el juicio que pesaba sobre nosotros. Él fue ajusticiado por nuestros delitos, por nuestra rebelión, para que nos diéramos cuenta a tiempo de que "Si con el árbol verde hacen estas cosas (Jesús, inocente), ¿qué se hará con el seco (nosotros, culpables de rebelión)?" (Lucas 23:31). Si nos cobijamos bajos sus alas, bajo su sacrificio expiatorio, por la fe, quedamos a cubierto del fuego de la ira de Dios sobre el pecado. Si rechazamos a Jesús y el significado de su sangre derramada... quedamos al descubierto:
"El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que desobedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él" (Juan 3:36).
El sacrificio de Jesús y su significado ya fue anunciado por Dios por medio de sus profetas:
“...Nosotros le tuvimos por azotado, como herido por Dios, y afligido. Pero él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestros pecados. El castigo que nos trajo paz fue sobre él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas; cada cual se apartó por su camino. Pero Yhaweh cargó en él el pecado de todos nosotros. El fue oprimido y afligido, pero no abrió su boca. Como un cordero, fue llevado al matadero; y como una oveja que enmudece delante de sus esquiladores, tampoco él abrió su boca (...) Por su conocimiento mi siervo justo justificará a muchos, y cargará con los pecados de ellos (...) Porque derramó su vida hasta la muerte y fue contado entre los transgresores, habiendo él llevado el pecado de muchos e intercedido por los transgresores” (Isaías 53:1-12).
Así Jesús ya pagó por todos, saldó la condena que había contra nosotros, todos nuestros pecados fueron crucificados con Cristo y borrados para siempre. Cómo esto se hace realidad efectiva para nosotros lo veremos enseguida.
Jesús murió en nuestro lugar.
En la cruz Jesús no sólo cargó con todos nuestros pecados, ¡sino con cada uno de nosotros! Porque nuestro problema no son sólo nuestros pecados, sino nuestra naturaleza misma, corrompida por el poder del pecado. Hace dos mil años, en aquella cruz, Dios nos puso a todos en Cristo, y nos crucificó con Él:
"Y sabemos que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea anulado, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto ha sido justificado del pecado" (Carta a los romanos 6:6-7).
"Porque el amor de Cristo nos constriñe, habiendo juzgado así: que uno murió por todos, por consiguiente todos murieron" (2ª carta a los corintios 5:14).
Jesús murió por toda la Creación
Y como venimos diciendo, no sólo cargó con nosotros, sino con toda la Creación. Jesús murió en la cruz como 'último Adán', recapitulando en sí mismo toda la vieja creación adámica. Y se hundió con ella en la muerte. ¡¡En la muerte de Cristo, pues, fue extinguida toda la vieja creación!!:
"Pero vemos a Jesús, coronado de gloria y de honra, quien fue hecho un poco inferior a los ángeles para padecer la muerte, a fin de que por la gracia de Dios gustase la muerte por todas las cosas" (Carta a los hebreos 2:9, conforme al texto griego).
Jesús aplastó la cabeza de la serpiente. Satanás, siendo una criatura, quiso hacerse Dios, y arrastrar al Hombre por el mismo camino, frustrando temporalmente el Plan de Dios. El Hijo, sin embargo, recorrió el camino inverso de la rebelión, el camino de la verdadera realización del Hombre conforme al Propósito de Dios:
"...Cristo Jesús, existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! (Carta a los filipenses 2:5-8).
Porque Jesús no podía llevar adelante el Plan del Padre si Él mismo no superaba como hombre la prueba de toda criatura: sujetarse a la Autoridad de Dios o vivir por sí mismo siguiendo la rebelión de Satanás. Por eso Jesús fue probado en todo igual que nosotros (Hebreos 4:15). Si el diablo lograba apartar a Jesús tan sólo un milímetro de la voluntad del Padre, si hubiera conseguido hacer fracasar al "segundo Adán", todo quedaría irremediablemente frustrado.
Por otra parte, el único modo en que Jesús podía introducir el Reino de Dios en medio de este kosmos dominado por Satanás era por la perfecta obediencia al Padre.
Por eso mientras el Señor Jesús avanzaba en el cumplimiento de la misión que el Padre le encomendó, el diablo esperaba cada oportunidad para probarle y apartarlo de su obediencia al Padre. Hasta el último segundo había tiempo, un desliz de Jesús en el último momento habría malogrado toda su trayectoria y frustrado el Plan de Dios. Le vemos pues usando al apóstol Pedro para apartarle del camino de la muerte redentora (Mc 8:31-33) y tentando a Jesús en la cruz por medio de los que le rodeaban:
“Y los que pasaban le insultaban, meneando sus cabezas y diciendo: —¡Ah! Tú que derribas el templo y lo edificas en tres días, ¡sálvate a ti mismo y desciende de la cruz! De igual manera, burlándose de él entre ellos mismos, los principales sacerdotes junto con los escribas decían: —A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar. ¡Que el Cristo, el rey de Israel, descienda ahora de la cruz para que veamos y creamos! También los que estaban crucificados con él le injuriaban” (Marcos 15:29-32).
Si hubiera descendido, todo se habría perdido. Pero ¡gracias a Dios! ¡¡Jesús venció!! Mientras que el diablo creyó que había destruido a Jesús, en realidad su obediencia hasta la muerte estaba destruyendo al diablo, estaba aplastando la cabeza de la serpiente.
Jesús, como el ’último Adán’, estaba cumpliendo las promesa de Génesis 3:15, la maldición de Dios sobre la serpiente antigua:
"Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y su descendencia; ésta te herirá en la cabeza cuando tú le herirás en el talón".
Fue sepultado
y descendió al lugar de los muertos (Seol o Hades), de donde rescató a todos los que desde Adán esperaban la venida del Salvador, y se los llevó al cielo con Él. (Ver Hechos 2:22-32 con Efesios 4:8-9 y 1ª carta de Pedro 4:6.)
Resucitó corporalmente
al tercer día. No para volver a esta vida mortal, sino que su cuerpo fue saturado por la Vida eterna, libre del poder de la Muerte. Porque la salvación de Dios es integral: incluye también nuestra corporalidad, la materia. Dios le levantó de entre los muertos, sueltos los dolores de la Muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. La Muerte sólo tiene autoridad sobre aquello que ha sido tocado por el pecado; puesto que Cristo nunca pecó, la Muerte no tenía autoridad sobre Él. Si Jesús murió fue porque entregó su vida voluntariamente a la Muerte, para cumplir la voluntad del Padre de salvarnos:
"Por eso me ama el Padre, porque Yo pongo Mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que Yo de Mí mismo la pongo. Tengo potestad para ponerla, y tengo potestad para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de Mi Padre" (Juan 10:17-18).
Jesús el Mesías había descendido al Hades y derrotado a Satanás arrebatándole su poder sobre el Hades y la Muerte:
"...No temas; Yo soy el Primero y el Ultimo, y el Viviente; estuve muerto, mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos. Y tengo las llaves de la Muerte y del Hades" (Apocalipsis 1:17-18).
Así que, por cuanto los hijos son participantes de sangre y carne, de igual manera El participó también de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tiene el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a esclavitud" (Carta a los hebreos 2:14-15).
Por la resurrección, la humanidad completa de Jesús fue saturada por la Divinidad. Se convirtió en el Precursor de todos los que serán glorificados a su Imagen, el Primogénito de muchos hermanos que han de ser llevados a la Gloria:
Porque convenía a Aquel para quien y por quien son todas las cosas, que al llevar muchos hijos a la gloria perfeccionase por los sufrimientos al Autor de la salvación de ellos" (Carta a los hebreos 2:10).
Por su resurrección, Jesús en su humanidad fue hecho "espíritu vivificante"
(1ª Carta a los corintios 15:45) , es decir, capaz de impartir a otros el Espíritu Santo que satura todo su Ser, para que habite permanentemente en ellos; y con el Espíritu, impartirse a Sí mismo como Vida, la Vida divina, la vida "zoé".
El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre y del Hijo. Es Dios junto con el Padre y el Hijo. No son tres dioses: las tres Personas divinas son una sola cosa, un solo Dios. El único Dios vivo y verdadero es una comunión de amor entre tres Personas distinguibles pero inseparables, co-eternas, y co-inherentes: cada una de ellas habita en las otras y es habitada por las otras. Es el misterio del Dios triuno, que trasciende toda capacidad de nuestra limitada mente, pero que nos ha sido revelado para que lo podamos disfrutar.
Así pues, por la cruz Cristo quitó todas las cosas negativas, por el don de Su Espíritu imparte todas las cosas positivas, todas las bendiciones de Dios, todas la riquezas de su salvación.
Ascendió a los cielos y Dios el Padre le coronó de gloria y honra y le sentó a su diestra en Su Trono: en cuanto hombre fue constituido Señor de señores, Rey de reyes y Juez de vivos y muertos.
Dios quiso desde el principio que el Hombre, en dependencia y comunión con Él, gobernara y reinara sobre todo. El primer Adán fracasó, ¡pero el segundo triunfó! Por su obediencia perfecta como hombre, Jesús se convirtió en "el Hombre conforme al Plan de Dios", y el Padre dio poder y autoridad sobre todas las cosas.
Dios mostró en Jesús que el camino a la gloria, el camino para sentarse en el Trono de Dios, no es la rebelión ni la independencia satánica, sino la dependencia y la obediencia a la Voluntad de Dios:
...Cristo Jesús, existiendo en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse; sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y hallándose en condición de hombre, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, ¡y muerte de cruz! Por lo cual también Dios lo exaltó hasta lo sumo y le otorgó el nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confiese para gloria de Dios Padre que Jesucristo es Señor" (Carta a los filipenses 2:5-11).
Como Señor, ahora Jesús tiene toda la Autoridad y Poder de Dios,
tiene el dominio sobre toda la Creación, visible e invisible. ¡Jesús es "Kyrios"! Es decir, Señor.
En el Antiguo Testamento, "Kyrios" era un término reservado exclusivamente a Dios. Por tanto, al aplicarlo a Jesús, Dios está declarando la divinidad de Su propio Hijo hecho hombre.
Además, los emperadores romanos se aplicaban el término a sí mismos para autodivinizarse (siguiendo a Satanás) y autoproclamarse "señores del mundo", hasta el punto de reclamar adoración. Proclamar en el Imperio Romano que Jesús era el Kyrios, el Señor de señores, y negarse a participar en el culto al emperador, significaba entrar en conflicto directo con el dios de este mundo que opera por detrás de los poderes terrenales... En menos de 250 años, los emperadores romanos lanzaron diez terribles persecuciones contra los cristianos, desde Nerón (año 64) hasta Diocleciano (año 303).
Así acusaban a los cristianos sus enemigos:
"Como no los encontraron, arrastraron a Jasón y a algunos hermanos ante los gobernadores de la ciudad, gritando: '¡Estos que trastornan al mundo entero también han venido acá! Y Jasón les ha recibido. Todos éstos actúan en contra de los decretos del César, diciendo que hay otro rey, Jesús'. El pueblo y los gobernadores se perturbaron al oír estas cosas" (Hechos de los Apóstoles 17:6-8).
Como Mesías / Cristo / Rey, Jesús fue confirmado en su misión de traer el Reino de Dios a la Tierra.
Sepa, pues, con certidumbre toda la casa de Israel, que a este mismo Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo" (Hechos de los Apóstoles 2:36).
Como Juez de vivos y muertos, Dios el Padre delegó en Él todo el juicio:
"Porque el Padre no juzga a nadie, sino que todo el juicio lo dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió" (Juan 5:22-23).
"Por eso, aunque antes Dios pasó por alto los tiempos de la ignorancia, en este tiempo manda a todos los hombres, en todos los lugares, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el que ha de juzgar al mundo con justicia por medio del Hombre a quien ha designado, dando fe de ello a todos, al resucitarle de entre los muertos" (Hechos 17:30-31).
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